El 23 de febrero del año pasado visité un pueblo del estado de Guerrero que se llama Ixcateopan. Es un pequeño pueblito, a una hora de Taxco, enclavado en la sierra, con calles empedradas de mármol blanco y con el aire nostálgico de los pueblos sureños de la montaña.
Pero apenas llegando, lo que más me impactó fue el latido del tambor azteca que rompía la noche y los cientos de concheros (danzantes indígenas) que bailaban al frente de la pirámide a la entrada del pueblo… ¡No es una pirámide! Le dijo uno de los concheros, cuando nos adentrábamos en Ixcateopan, a un “hereje” en cuestiones prehispánicas que le preguntó: ¿Cómo llego a la pirámide?... ¡Es El Teocalli! ¡La Casa de Dios!... Con esto me di cuenta de que no estábamos frente a los danzantes turísticos que abundan en los alrededores de las zonas arqueológicas y museos, sino con “Concheros” que siguen una tradición que llevan en la sangre.
El aire estaba impregnado de olor a copal y el rugido del caracol vibraba de vez en cuando llegando hasta el corazón. De repente mi lado indígena que normalmente se pierde en la modernidad y en lo cotidiano me llegó de golpe. Estaba conciente de que esto es solamente una probadita de lo que eran las grandes celebraciones en Tenochtitlan o en cualquier otra de las grandes plazas prehispánicas, pero de todos modos latió mi sangre indígena.
carretera que serpentea en las montañas. Durante el trayecto aparecían en la oscuridad total, como ánimas en pena, algunas personas que hacen la tradicional peregrinación al pueblo de Cuauhtémoc.
Durante la noche del 22 de febrero, que es cuando comienza la celebración, los danzantes se concentran para bailar y cantar en el Teocalli, en la plaza del pueblo y sobre todo en la Iglesia de La Asunción, en donde está la tumba del Taltoani. La iglesia queda completamente vacía de imágenes “paganas” del cristianismo; solamente se ven símbolos prehispánicos: plumajes, huehuetls, teponaxtles, caracoles, estandartes que identifican a los diferentes grupos de concheros y flores en el altar/tumba con la imagen de “El que tiene la palabra”, el Tlatoani Cuauhtémoc. Los muros tiemblan con los tambores y el constante siseo de los cascabeles en los tobillos de los danzantes.
Nos soy místico, ni seguidor de creencias espirituales, pero además de despertar mi parte indígena, se despertó la parte espiritual dormida en mí. Me di cuenta que las danzas indígenas tienen un significado espiritual profundo, y tratan de conectarnos con la divinidad tal y como lo hace una misa católica o un rito religioso en cualquier parte del mundo.
Por otra parte, en Ixcateopan se pone un mercado en donde se puede comprar ropa, plumajes bellísimos, cascabeles, instrumentos musicales, escudos, adornos y joyería indígena y “todo para el conchero”; al menos eso fue lo que pensé. En la parte moderna de la vendimia, hay música tradicional y DVD’s con películas y documentales relacionados. Además hay curanderos y chamanes que hacen limpias y curaciones.
Más o menos a las 3 de la mañana la actividad se adormece. Apenas descansamos unas horas; algunos nos acomodamos para dormir en la camioneta en la que fuimos y otros instalaron sus tiendas de campaña. Hay solamente 2 hoteles completamente llenos esa noche y muchos lugares, incluyendo el museo, que alquilan unos metros de piso para instalar una tienda de campaña.
A las 8 de la mañana la vida despierta y comienzan las celebraciones que van subiendo de tono conforme avanza el día. El mero día del cumpleaños de Cuauhtémoc. Uno de mis primos con el que iba, quien es fotógrafo profesional, estaba feliz en ese banquete de imágenes imborrables de la memoria de su cámara y de la mente de los que fuimos. Me pareció que durante el día había más concheros que durante la noche, o tal vez era el mismo número, pero los colores de sus vestimentas y plumajes resplandecían al sol, como venerándolo.
Hay mucho que aprender sobre Ixcateopan, para esto recomiendo: http://en.wikipedia.org/wiki/Ixcateopan_de_Cuauht%C3%A9moc (en inglés), y http://www.mexicotravelclub.com/turismo/Guerrero/Ixcateopan-ZA/Pueblo-de-de-marmol (en español).
Siendo honesto debo decir que yo estoy bastante alejado de los movimientos indigenistas, como la mayor parte de mexicanos mestizos, pero me gusta difundir este tipo de tradiciones y actividades para ayudar con un granito de arena a mantener viva la sangre indígena que todos llevamos dentro y que todavía late en la mente, el corazón y el orgullo.







